Ó Los diamantes (y la venganza) son para siempre.
[Güarning!! Espoileros a tutiplén]
Bienvenidos a una
historia contemporánea de “Mad Men”. Y al igual que en la serie de publicistas
americanos, una mujer se ha hecho hueco entre sombreros fedora y nudos Windsor en
corbatas estrechas. [Convenientemente me he saltado la introducción con una
Demi Moore más arrugada –maquillaje– de lo que nunca veremos]. Esta mujer,
Laura, se enfrenta al techo de cristal
o mejor dicho, de diamante. No asciende a directora de sucursal ni a tiros. Y
le sienta como un tiro.
Por otro lado
tenemos a Hobbs, el bedel/limpiador/chicoparatodo de la brillantísima
Londinense de Diamantes, a punto de jubilarse. [Paradójicamente, Michael Caine
no se jubilará hasta que deje una peli a medias, en muchos años le desamos].
Hobbs sabe que Laura está encabroná
por la falta de ascensos y también sabe –“Se sorprendería de lo que la gente
habla en presencia del servicio”– que va a ser pronto despedida
Aghhhhhh! Plan B:
Buscar empleo en un banco en el que trabaja un antiguo compañero de
universidad. ¿Que no? Plan C: Casarse con este antiguo compañero de universidad
y sacar el arroz de la olla. Ah, que ya está casado. Plan D: Un robo –que le
propone Hobbs– de un par de milloncejos de libras de la época en diamantes
escondidos en el termo del bedel. “¿Cuántos quisiera que cupieran?”.
Sí, cierto que
Laura primero piensa que los acercamientos de Hobbs son en plan amoroso. Pero
él es un hombre felizmente casado, con la salvedad de ser viudo desde que su
mujer murió por una atención médica deficiente en un seguro privado. [Toma ya,
Boi Ruiz, que una muta no lo cura todo].
El robo, debe
darse. Sólo falta la combinación de la caja fuerte, que lord Ashtoncroft –“Soberano
de todo cuanto toca el sol”– guarda en su casa. Laura lo consigue en una gala
en la que tiene que entretener a un comunista babosillo –sí, tipo delegado
comercial de 1,2,3 pero sin chiste propio– pero no es un crimen perfecto. Deja
unas huellas, en un impertinente [Si no sabe lo que es, lo busca; no sea
impertinente].
El robo se
comete. La mañana siguiente la caja fuerte de “La Londinense” abre más vacía
que la cavidad craneal de un espectador de “Sálvame”. Ese no era el plan, Laura
ha sido engañada, y es cómplice y… Acuda al despacho de dirección. Están en un
brete. El asegurador, el rico prohombre y fumador de puros Sinclair, no piensa
pagar hasta que se investigue. Un abogado joven llega con un mensaje de los
ladrones, es un chantaje. El asegurador no pagará.
El investigador
empieza sus pesquisas. Laura se ofrece para ayudarle. El tiempo se los come, el
plazo para el pago se les echa encima. Tienen dos líneas de investigación: La
primera apunta a un grupo comunista, la segunda al entorno de un grupo
comunista. Sospechan del bedel, del hijo del dueño –que como todos los jóvenes tuvo
un pasado– y…
Sinclair no
pagará. Llama a la prensa, sin saber que el mayor accionista del diario es
propiedad de “La LonDi”. Nervios, muchos nervios, a Laura se le caen los
pendientes por el desagüe y se le ilumina la lucecita. Se echa a las cloacas,
Hobbs la espera, protegiendo el botín. Y le cuenta el quid de la cuestión: No
odia a los diamantes, no es un comunista, no odia su trabajo desatascando
váteres y limpiando ceniceros… Sólo es un marido en busca de venganza por la
mutua de salud deficiente que causó la muerte a su mujer. Y el objetivo está
sobre Sinclair. La aseguradora paga, el hecho se hizo.
Laura escapa, los
indicios contra ella son inconcluyentes. Un día se encuentra que han depositado
millones a su nombre en un banco suizo. “Y ahí empieza mi historia de verdad”.
Vamos, que empieza a donarlos, que encuentra marido, cría, se arruga… Y sólo se
queda un inmenso culo de vaso, para las vacas flacas.
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