miércoles, 20 de mayo de 2015

El Extraño Viaje



Ó sesión doble en una misma película.

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El Caso: “Dos fallecidos hallados en la playa de Palos. Tres copas y champán hallados junto a ellos”. A partir de un titular parecido, un grande del cine (Berlanga) construye una historia que tiene bastante de historieta.
Cara A: La tormenta
Un pueblo cualquiera, cerca de la capital pero todavía pueblo. Lo tiene todo, los abueletes del bar, la liga de mujeres puritanas –presidida por la propietaria de la cotillería y cotilla oficial–, los ricos, las jóvenes que se les ha quedado el pueblo pequeño –una con dignidad, la otra con perreo y baile de twist incluído– y los voyeurs. Tiene, como no, bar, casino, iglesia, mercería…
Sábado, se acaba el baile y estalla una tormenta. La familia de los ricos la componen tres hermanos: Ignacia, la mayor, una mujer severa y enjuta por un lado y sus hermanos Paquita y Venancio, unos adultos apocados, eclipsados por su hermana. Estos dos simples, gordos y menudos, oyen ruidos en la habitación de su hermana. Paquita escucha tras la puerta: Hay un extraño, con quien su hermana hace planes para pulírselo todo.
La vida sigue. Los abueletes del bar elogian el vino que les sirve –de Ignacia, según el rumor saborizado con jamones– y la cotillera mayor tiene una nueva obsesión: Le han robado un corsé y busca la culpable. Es sábado otra vez y el líder del grupo de música, Fernando, que viene cada sábado de la capital está ligando con Beatriz –dependienta de la cotillería– que quiere casarse, no tiene con quien. Fernando le da largas, hablándole de un hermano impedido –que después sabremos que es una excusa de la que Fernando quiere librarse matando a su hermano imaginario.
Entre semana, Ignacia está vendiendo fincas. También pretende vender su casa, conseguir dinero, irse todos al extranjero, a París, a vivir cada uno su vida con su parte. Se nota que se siente extraña en ese pueblo –uno de los temas clásicos del campo español y también retratado en “La Casa de Bernarda Alba”.
Sábado otra vez. Casi hay una algarabía por el retraso de los músicos. Llegan al fin y se organiza baile en la plaza en lugar del casino. Mientras, Paquita y Venancio no encuentran a su hermana. Encuentran su habitación vacía, con una mesita parada con dulces y licor –raro para una mujer tan estricta– e Ignacia reaparece tras ellos. Ella está fuera de sí, hay un forcejeo y Venancio la desnuca con una botella. Un desconocido –que ahora no reconocemos– aparece y ayuda a los hermanos a esconder a su hermana en una tina de vino.
Cara B: El ojo de la tormenta.
Entre semana. Venancio y Paquita lloran a su hermana en la intimidad. Los abueletes del bar se extrañan que los tres hermanos estén encerrados y no haya ido a misa. Venancio y Paquita deciden rebuscar en la habitación de su hermana, buscan el dinero y encuentran ropa y lencería delicada.
Sábado siguiente. Es de noche. Ya todos se recogen en sus casas. Un taxi para enfrente de casa de los hermanos. Salen Ignacia, Paquita y Venancio. Un abuelete estaba casualmente ahí. Ignacia se despide.
Paquita y Venancio han muerto. Se inician las pesquisas. Su casa quedará precintada por orden judicial. El barman, que aún tiene que trasegar vino, consigue un permiso especial del juez y se pone a la obra. Fernando ha decidido “matar” a su hermano falso. Beatriz ya no ve impedimentos para su boda. Él está algo extraño, afectado creen todos por la muerte de su hermano. Los abueletes del bar felicitan a la futura pareja, los invitan a vino. Es de Ignacia. Fernando, que ya ha dado un trago, casi se desmaya. Beatriz se lo lleva a casa, a descansar en cama.
Hay problemas con el trasiego. Algo tapa la espita de la tina de Ignacia. Parece un trapo, un fardo, con pelos. Pues no, es la difunta. Se corre la voz. Los abueletes del bar, que tanto elogiaban el vino que bebían, se cuestionan lo que ha ocurrido.
Bonus Track: La comedia.
“Es normal que sabiendo que uno ha bebido vino que ha tocado un cadáver…” Dice un abuelete. Y la bombilla se enciende. Todos van a declarar ante el juez. Fernando sale detenido. Y empieza su declaración.
Conoció a Ignacia porque quería vender un Stradivarius. Al final resultó falso, pero él se hizo el galán, pues olía el dinero. Convence a Ignacia de que no es tan mayor, que está relativamente bien, que en París podrían ser felices. Ella lo traga todo y empieza a cambiar su aspecto, en la intimidad. Fernando le compra la lencería que ella quiere en la tienda del pueblo. Y ahí conoce a Beatriz y se empieza a enamorar de ella.
La cotilla cotillera los interrumpe, pidiendo al juez que investigue el robo del corsé que la obsesionaba. Fernando confiesa, fue él, ya no podía comprarlo sin levantar sospechas de Beatriz.
Fernando admite que chuleaba a Ignacia de forma bastante rara. Llegó a ser modelo para ella, pasándole trapitos ya que casi tenían la misma talla. Todo parecía ir relativamente bien hasta que Venancio y Paquita meten las narices. Y empeora definitivamente con la muerte de Ignacia. Él no tuvo nada que ver, lo confiesa, pero fue cómplice al ocultar el cadáver.
Luego planearon su huída. Fernando disfrazado de Ignacia. Huyen, a la playa de Palos. Los hermanos quieren la fiesta que nunca han tenido. Paquita incluso coquetea con Fernando. Pero, se tuerce. Fernando quiere huir con el dinero y pretende dormir a los hermanos con un tranquilizante de Paquita. Brindan con champán y… Ups, resultó que se le fue la mano.

jueves, 14 de mayo de 2015

Ser o no Ser



Ó ¿conoce usted al gran actor Joseph Tura?

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Varsovia, Polonia, Agosto de 1939. Poznaski, Lominsky, Trankansky y Barransky, Pujolsky… Todo normal en las abarrotadas calles de Varsovia hasta que un hombrecillo con bigotillo y el pelo raro aparece paseando. ¡Inconcebible! Es él, Hitler, en el centro de Varsovia y sin escolta alguna. Pasea tranquilo, hasta que una chica: “Señor, me gustó mucho en Hamlet. ¿Me firma un autógrafo?”
En efecto, es una comedia de enredos clásica. Una troupe de actores polacos, con su estrella Joseph Tura y su más conocida todavía, más hermosa todavía y con el parrús más inquieto todavía esposa Maria Tura, ensayan una comedia sobre los Nazis. El director no está contento con la caracterización de Hitler, así que hacen la prueba. Mientras, sus vidas siguen con normalidad mientras interpretan Hamlet.
La inquieta Sra. Tura espera su parte de la muerte de Ofelia en su camerino. Tiene un admirador que le manda flores. Se citan, esa misma noche, cuando Joseph empiece el monólogo “Ser o no ser…” Es el aviador Stanislav Sobinski, muy del gusto de Maria, así que se van viendo a menudo. Pero Joseph está mosca porque este espectador siempre sale. Acaba el monólogo y estalla la guerra, todo a la vez.
Sobinski ha huido a Londres, forma parte de un escuadrón de la RAF. Entre todos agasajan a un líder de la resistencia, el muy respetable y muy perillable Profesor Siletsky. Charlan, cantan, beben kjuskovitze, y al final Siletsky acaba soltando que viajará a Varsovia. Y también deja caer que se puede interesar por las familias de sus camaradas. Todos corren a anotar nombres y recados, menos Sobinski. El bueno del aviador los tiene a todos a salvo, pero le quiere mandar recado a una dama en Polonia: La gran actriz Maria Tura… “¿Cómo ha dicho?” El profesor no la conoce. Sólo tiene que decirle “Ser o no ser”.
Sobinski empieza a sospechar. Habla con sus superiores. “Puede haber gente no interesada en el teatro” le contesta “De hecho, sólo conozco una actriz y ojalá no la hubiera conocido”. Pero es que es súper-famosa. Aparece en los periódicos, en la radio, están inventando la tele para que pueda tener su propio programa y tiene una línea propia de cosméticos a base de semen de… Bueno, quizás no tanto, pero la conoce todo el mundo. Decidido, Siletsky es sospechoso y hay que acabar con él. Tito, cap a Varsovia.
En Varsovia el contacto de la resistencia local está en una librería. Los soldados alemanes casi interceptan al aviador, que huye y se ampara bajo las faldas de su amada Maria Tura. Es ella la que hace el contacto, la resistencia empieza a trabajar. Pero Joseph vuelve a casa. En su cama encuentra a Sobinski, profundamente dormido. “Ser o no ser…” empieza, y el aviador se levanta. Joseph le pide a Sobinski una explicación. Ha sido Maria, que muy amablemente me ha cogido… digo, me ha acogido… trabajamos para librarnos de usted… quiero decir, para la libertad de usted… ¡Estamos en el mismo barco! “Pues de marinero a marinero ¿¡Qué mal viento le ha metido en mis zapatillas!?”
Maria vuelve, no hay tiempo para explicaciones, Siletsky ya ha llegado. “No pido una explicación completa” se lamenta Joseph “pero creo que un marido merece una pista”. Ni para eso hay tiempo. La bella Maria Tura es reclamada por Siletsky en su hotel de la Gestapo.
Siletsky se las da de seductor de pacotilla, con ese aire a chota vestida de esmoquin. Pero le ofrece a Maria un gran banquete, con suculentas exquisiteces que en un país en guerra no se encuentran. Maria se excusa para irse a cambiar, a ponerse uno de sus trajes de gala, pero tiene un plan ya en marcha. Engaña con la grafología a Siletsky, al volver engalanada, y justo cuando el hombre se pone babosillo… ¡Qué lástima! El Coronel Ehrhardt lo reclama. [No es más que una improvisación de la compañía de actores]. Maria, en el trozo de papel que Siletsky ha firmado teclea una nota de suicidio, pero no puede escapar, no tenía permiso.
“Así que me llaman Ehrhardt campo de concentración” Tura no logra improvisar ni que lo maten “Bueno, ellos hacen camping y nosotros concentraciones” Siletsky busca una excusa, para volver con Maria. Un súbito interés en la mujer… Siletsky sospecha por la sobreactuación de ese falso Ehrhardt, así que está a punto de llamarla furcia… Huye por el teatro… Disparos, en escena: Adiós Siletsky.
Joseph Tura parte en una misión de rescate, disfrazado de Siletsky. Casi lo ha logrado cuando llega el auténtico ordenanza del auténtico Coronel Ehrhardt. “Así que me llaman Ehrhardt campo de concentración”… Sí, la escena es calcada en su inicio, tanto que Tura disfrazado acaba soltando “Imaginé que reaccionaría así”. Ehrhardt cuenta un chiste más “Si Napoleón acabó como marca de Coñac y Bismark como un tipo de arenque, ¿Acaso Hitler no acabará como un queso [suizo]?” No tiene gracia, él, “Siletsky”, tan amigo de Hilter puede contarle esa falta de respeto… Se calma la situación con unos “Heils” y al grano. Empieza a soltar algunos nombres “Fulanotski” el ordenanza Schultz responde “Fue fusilado”; “Menganosky” Schultz se pone blanco “También. Fusilado por explicar chistes sobre Hitler”. En fin, nada que hacer, concluye “Siletsky”, que volverá a Gran Bretaña en avión y le gustaría llevarse a la esposa del gran actor Joseph Tura. “Sí, lo conozco, lo vi actuar antes de la guerra” contesta Ehrhardt “Hizo con Hamlet lo mismo que ahora hacemos con Polonia.”
Al día siguiente, Ehrhardt recibe nuevas de que Siletsky ha sido hallado muerto en un teatro. Se estaba revisando para preparar la visita de Hitler. Ehrhardt recibe a Maria Tura y muy apesadumbrado le da la noticia de la muerte de su valedor y también se pone un poco babosillo con ella. Entonces Joseph llama a Ehrhardt, haciéndose pasar todavía por Siletsky. Maria sale corriendo, busca a su marido para avisarlo: En el teatro no está, y el maquillador le ha dado una perilla de más por lo que fuera; en casa tampoco y le ha dado a Sobinski un puñetazo de los de por si acaso.
Joseph ya ha llegado al cuartel general y lo hacen esperar en una sala con el difunto Siletsky. En un momento de brillantez, Tura afeita al cadáver y le engancha su barba de repuesto. Llama a los militares y empieza un juego de deducciones todavía más brillante, para dilucidar quién es el auténtico. Traje inglés, mal vamos. ¿Y la perilla? Cuesta mucho tiempo dejarse una perilla así. Sí, si no fuera falsa. Tura intenta tirar de la perilla de Siletsky… No puede, hace como que se derrumba y Ehrhardt en un arrebato tira accidentalmente y, sí, más vale perilla en mano que cientos en un muerto. Tura se ve confirmado como el auténtico e insta al coronel “Tíreme de la barba” “No, no, de ninguna forma profesor”. Pero la caballería [los actores de nuevo al rescate] llega. “Ese hombre es un impostor” ¡Ras! Perilla fuera. “¿¡Cómo tiene un hombre con perilla y no tira de ella!?”
Y rizar el rizo, colofón final y plan de huída. Sembrar confusión. Un secundario de la compañía interpretará el monólogo de Shylock “Si nos pinchan, ¿no sangramos?…”, otro se volverá a disfrazar de Hitler y los demás hombres, ataviados de militares, aconsejarán al del bigotito escapar y ponerse a salvo. Sólo queda que Joseph, que comparte coche con el falso Hitler, recoja a Maria en casa. Tura, como no, ha perdido su bigote otra vez. Para que los motoristas de escolta no sospechen, es el falso Hitler el que subirá a por Maria. La pobre Sra. Tura se ve acosada (prácticamente) por Ehrhardt. “Que no, que espero a alguien” de los labios de Maria parece una excusa. Y se presenta Hitler en persona, que ve el percal y se escapa. Maria, le sigue corriendo. Ehrhardt no sabe cómo reaccionar, ha defraudado a Hitler. Suena un disparo, “¡Schutlz!”, el ordenanza no ha cargado el arma.
Los actores van cayendo en paracaídas sobre suelo británico. Otro chiste histórico más, unos campesinos se encuentran a Hitler en persona. Joseph Tura, agasajado por la prensa, “¿Qué va a hacer ahora en Gran Bretaña” y Maria todo el rato “Quiere interpretar a Hamlet”.
La guinda: “Claudio: Oh, pesada carga” “Polonio: Lo oigo llegar, escondámonos mi señor” Hamlet Tura mira la platea. Sobinski sentado. “Hamlet: Ser o no ser…” Y otro militar se levanta unas filas atrás.

jueves, 7 de mayo de 2015

Mr. Arkadin



Ó si tiene barba es Arkadin.

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–…Como le digo, hace unas semanas, estaba en una fiesta a la que un amigo me había invitado. Era una mascarada y yo no estaba preparado para ello, así que me prestó un trozo de paño, estrecho y con unos agujeros.
–Qué cosa más cutre –bostezó–. Además, ¿¡a mí qué me importa!? –Se volvió en su cama–. Déjeme dormir, ¡leñe!
–No podría dormir si supiese lo que yo ahora sé –carraspeé para deshacer un nudo que se me formaba en la garganta–. Allí conocí a una persona…
“Iba enmascarado, como todos, pero llevaba una máscara como la que se pueda comprar en un bazar chino desde primeros de octubre. Me conocía, me había investigado y había encontrado el blog de críticas de cine. Me hizo un encargo. Mr. Arkadin, sólo dijo, y desapareció entre la multitud como tragado por una bruma. Me extrañé. No de la gente (mi amigo tiene un gran poder de convocatoria) pero sí de que todo aparentemente tomó un color grisáceo, no plúmbeo, pero sí perfectamente iluminado y algo oblicuo. Decidí que ya había bebido bastante.
–Un trago me apetece –señaló vagamente–. Acérqueme esa botella y un vaso, otro para usted, que no me gusta beber sólo.
–Al día siguiente me desperté con la boca seca y bastante resaca. –Eché un trago–. Me parecía una bruma el resto de la noche, desde que conocí al desconocido.
“Mr. Arkadin, en efecto, era el título de una película de Orson Welles. Y a Don Orzon le gustaba el jamón. Pensé en hacer una visita a la tocinería.
“–¿Paletilla de Teruel deshuesada?, como siempre –preguntó la dependienta.
“–No –me puse anormalmente serio–. Hoy quiero jamón del bueno. Como el que darías a Orson Welles…
“Detecté un breve espanto en su cara. De inmediato pasó su cara a una fingida extrañeza y pasó a la faena de afilar bien el cuchillo y hacer las virutas de su más delicado jamón. Sospeché que sabía algo y que temía por saber algo. No fue hasta después, al llegar a casa y picar una viruta antes de guardar el fiambre en la nevera que vi un nombre y un número escrito en el papel. G. I. Juelo. Ya tenía la primera pista.
“–Residencia Colhervida, ¿dígame? –Una residencia de ancianos
“Pregunté por el señor Juelo. Sí, vivía ahí. Estaría de acuerdo con verme al día siguiente. Pensé en comprar más embutidos, más jamón y algo de lomo embuchado, para escamoteárselo y quién sabe si para soltar su lengua.
“–Sí, recuerdo a Don Orzon –me había recibido en la terraza del ático del edificio. En silla de ruedas, tapado con un batín muy afelpado y manta. Sólo las gafas de sol parecían estar de acuerdo con el tiempo primaveral que soportábamos–. Él, Lime, Martins y algunas chicas. Yo le hacía de taxi y le conseguía jamón del bueno, para sus cáterings particulares de las películas. ¿Oiga, no me daría jamón? El médico, ese grandísimo pataca, me quiere hacer vivir más años de los que…
“–Bueno, bueno –le acerqué uno de los paquetitos de embutido. El olor pareció satisfacerle. Pensé en preguntarle por alguno de los nombres que había dicho, pero eran personajes de otra película–. Hábleme de las chicas.
“–¡Uuuuuuuuuy! –Se me acercó y puso cara de pícaro bajándose las gafas– Las había de todas las medidas y colores…
“Esperaba que concretase más y me mantuve en silencio. Pensaba que los ancianos olvidados en residencias les gustaba hablar cuando tenían la oportunidad. Pero no. Tuve que echar mano del otro embutido. Con movimientos casi de prestidigitador una loncha de lomo entró en su boca. Y una vez ingerido empezó a cantar.
“–Obdulia, Obdulia, Obdulia… Sobre las aguas del mar… Un elefante te espera… para enseñarte a nadar…
“Una enfermera nos interrumpió, llevándose al Sr. Juelo. Me alegré, de hecho. Me entristecía mucho ver a los ancianos que se vuelven seniles. Volviendo por la calle me encontré tarareando y cantando la cancioncilla del Sr. Juelo. Un autobús pasó, con publicidad de un parque acuático que antes tenía también animales.
“En un martes por la mañana el aparcamiento del parque estaba vacío. Me dirigí a las taquillas. El taquillero parecía hacer esfuerzos por mantenerse despierto y por vencer también el aburrimiento. Mi intención no era comprar una entrada, era hablar con Obdulia. Obtuve una vaga negativa como respuesta.
“–Yo era amigo de Harry Lime –dije con voz quebrada, como si dijera una contraseña de la que no estaba seguro, sabiendo que era imposible que yo hubiera conocido a Lime, un personaje de ficción de una película de hacía más de medio siglo.
“Otra vez, miedo y sorpresa en su cara. Se alejó y dijo unas frases por teléfono que no pude entender. Enseguida salieron dos agentes de seguridad, invitándome a abandonar el sitio. Entonces, una voz desde el fondo.
“–¡Que venga!
“Era una señora envejecida enjoyada, tan seca y mustia que parecía una escoba envuelta en espumillón. Hacía un extraño solitario sobre una mesa mientras fumaba un caliqueño.
“–Has llegado muy lejos, chaval. –Contaba las cartas dispuestas las más de ellas boca abajo en cuatro hileras sobre la mesa, con algunas en orden ascendente y separadas por sus palos en cada hilera–. ¿A mí no me quieres sobornar con jamón? No hace falta, estoy aburrida y quiero hablar.
“Con un gesto de la mano echó a los guardas, mientras seguía enfrascada en su extraño juego. Me contó una larga historia, de cómo había visto a Arkadin en una tasca del Sacromonte, haciendo juegos de manos. Se puso a recoger las cartas con sus manos huesudas, barajó y me las ofreció como un abanico.
“–Toma una –lo hice–. Ya sé cuál es, ni me la enseñes. –Se levantó pesadamente y se dirigió a una alacena–. Te la puedes quedar, el as de oros, Arkadin el pillín. –Sonrió. Sacó una baraja nueva de un cajón y me dedicó el mismo gesto que le había dedicado al guardia.
–¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo? –me preguntó
–¿No es usted Mr. Arkadin? ¿No he investigado todo eso porque su nieto me lo encargó para contarle su historia?
–¡Patrañas! –se revolvió–. ¡Y tráeme también jamón a mí! ¡Del bueno!

Salí de la residencia del hospital. Abajo me esperaba el desconocido conocido, lo reconocí de espaldas fumando a la puerta. Se giró hacia mí, soltó una gran voluta de humo y me enseñó el as de oros salido de su bolsillo.
–¿Es esta tu carta?