O, Lady Macbeth
Inmobiliaria
[¡Guarning!
Espoileros a tutiplén]
¿Qué necesita una
pareja para casarse? ¿Quererse? ¿Idear un futuro en común? No, y rotundamente
no. Lo que necesitan es un pisito: céntrico/bien comunicado, dos a cuatro
habitaciones, uno o dos baños, cocina, terraza, calefacción central… Antes que
me contacten para pedir precio decir que esta película es de los años 1950. Y
las necesidades, bueno, tampoco son tan distintas las de entonces.
La cuestión
central del film es una mujer alteradísima por el tic-tac de su reloj
biológico. Ha de criar, antes que se le pase el arroz, pero no puede. En su
lista: Novio: Ok, piso: blanco, boda: blanco, hijo: blanco… Así que hay que
tener piso, antes de casarse, y su novio (interpretado por un joven López-Vázquez)
no tiene suficiente. ¡Si el muy mendrugo todavía vive realquilado en casa de
una anciana! [Oiga, señorita, ¿y llevárselo a su casa?] No hombre, no. ¿Con mi
hermana, la coneja? Que va a hijo por año y empezamos a estar hacinados, con
ella, su marido, los críos, la doméstica gallega…
¡Ah! ¡Idea! ¿Y si
casamos al joven con su anciana casera? Ella siempre ha sido solterona, no
tiene a nadie, salvo ese gato que me da grima sólo pensarlo. Hay que comerle el
coco, por su bien, desde luego, para salvaguardar su patrimonio –heredado de
sus amorosos padres. Pues no se hable más, tú, mendrugo, te casas con la vieja;
ella palma este invierno y heredas piso, cartilla, realquilados –ya nos
ocuparemos de ese amigote tuyo, dentista de feria– y… gato.
Macbeth, Macbeth,
tú deberías ser amo de tu castillo… Y como hay mañana –y mañana– que lo serás,
y yo tu reina, y lo que venga tu infante.
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