jueves, 7 de mayo de 2015

Mr. Arkadin



Ó si tiene barba es Arkadin.

[Güarning!! Espoileros a tutiplén]

–…Como le digo, hace unas semanas, estaba en una fiesta a la que un amigo me había invitado. Era una mascarada y yo no estaba preparado para ello, así que me prestó un trozo de paño, estrecho y con unos agujeros.
–Qué cosa más cutre –bostezó–. Además, ¿¡a mí qué me importa!? –Se volvió en su cama–. Déjeme dormir, ¡leñe!
–No podría dormir si supiese lo que yo ahora sé –carraspeé para deshacer un nudo que se me formaba en la garganta–. Allí conocí a una persona…
“Iba enmascarado, como todos, pero llevaba una máscara como la que se pueda comprar en un bazar chino desde primeros de octubre. Me conocía, me había investigado y había encontrado el blog de críticas de cine. Me hizo un encargo. Mr. Arkadin, sólo dijo, y desapareció entre la multitud como tragado por una bruma. Me extrañé. No de la gente (mi amigo tiene un gran poder de convocatoria) pero sí de que todo aparentemente tomó un color grisáceo, no plúmbeo, pero sí perfectamente iluminado y algo oblicuo. Decidí que ya había bebido bastante.
–Un trago me apetece –señaló vagamente–. Acérqueme esa botella y un vaso, otro para usted, que no me gusta beber sólo.
–Al día siguiente me desperté con la boca seca y bastante resaca. –Eché un trago–. Me parecía una bruma el resto de la noche, desde que conocí al desconocido.
“Mr. Arkadin, en efecto, era el título de una película de Orson Welles. Y a Don Orzon le gustaba el jamón. Pensé en hacer una visita a la tocinería.
“–¿Paletilla de Teruel deshuesada?, como siempre –preguntó la dependienta.
“–No –me puse anormalmente serio–. Hoy quiero jamón del bueno. Como el que darías a Orson Welles…
“Detecté un breve espanto en su cara. De inmediato pasó su cara a una fingida extrañeza y pasó a la faena de afilar bien el cuchillo y hacer las virutas de su más delicado jamón. Sospeché que sabía algo y que temía por saber algo. No fue hasta después, al llegar a casa y picar una viruta antes de guardar el fiambre en la nevera que vi un nombre y un número escrito en el papel. G. I. Juelo. Ya tenía la primera pista.
“–Residencia Colhervida, ¿dígame? –Una residencia de ancianos
“Pregunté por el señor Juelo. Sí, vivía ahí. Estaría de acuerdo con verme al día siguiente. Pensé en comprar más embutidos, más jamón y algo de lomo embuchado, para escamoteárselo y quién sabe si para soltar su lengua.
“–Sí, recuerdo a Don Orzon –me había recibido en la terraza del ático del edificio. En silla de ruedas, tapado con un batín muy afelpado y manta. Sólo las gafas de sol parecían estar de acuerdo con el tiempo primaveral que soportábamos–. Él, Lime, Martins y algunas chicas. Yo le hacía de taxi y le conseguía jamón del bueno, para sus cáterings particulares de las películas. ¿Oiga, no me daría jamón? El médico, ese grandísimo pataca, me quiere hacer vivir más años de los que…
“–Bueno, bueno –le acerqué uno de los paquetitos de embutido. El olor pareció satisfacerle. Pensé en preguntarle por alguno de los nombres que había dicho, pero eran personajes de otra película–. Hábleme de las chicas.
“–¡Uuuuuuuuuy! –Se me acercó y puso cara de pícaro bajándose las gafas– Las había de todas las medidas y colores…
“Esperaba que concretase más y me mantuve en silencio. Pensaba que los ancianos olvidados en residencias les gustaba hablar cuando tenían la oportunidad. Pero no. Tuve que echar mano del otro embutido. Con movimientos casi de prestidigitador una loncha de lomo entró en su boca. Y una vez ingerido empezó a cantar.
“–Obdulia, Obdulia, Obdulia… Sobre las aguas del mar… Un elefante te espera… para enseñarte a nadar…
“Una enfermera nos interrumpió, llevándose al Sr. Juelo. Me alegré, de hecho. Me entristecía mucho ver a los ancianos que se vuelven seniles. Volviendo por la calle me encontré tarareando y cantando la cancioncilla del Sr. Juelo. Un autobús pasó, con publicidad de un parque acuático que antes tenía también animales.
“En un martes por la mañana el aparcamiento del parque estaba vacío. Me dirigí a las taquillas. El taquillero parecía hacer esfuerzos por mantenerse despierto y por vencer también el aburrimiento. Mi intención no era comprar una entrada, era hablar con Obdulia. Obtuve una vaga negativa como respuesta.
“–Yo era amigo de Harry Lime –dije con voz quebrada, como si dijera una contraseña de la que no estaba seguro, sabiendo que era imposible que yo hubiera conocido a Lime, un personaje de ficción de una película de hacía más de medio siglo.
“Otra vez, miedo y sorpresa en su cara. Se alejó y dijo unas frases por teléfono que no pude entender. Enseguida salieron dos agentes de seguridad, invitándome a abandonar el sitio. Entonces, una voz desde el fondo.
“–¡Que venga!
“Era una señora envejecida enjoyada, tan seca y mustia que parecía una escoba envuelta en espumillón. Hacía un extraño solitario sobre una mesa mientras fumaba un caliqueño.
“–Has llegado muy lejos, chaval. –Contaba las cartas dispuestas las más de ellas boca abajo en cuatro hileras sobre la mesa, con algunas en orden ascendente y separadas por sus palos en cada hilera–. ¿A mí no me quieres sobornar con jamón? No hace falta, estoy aburrida y quiero hablar.
“Con un gesto de la mano echó a los guardas, mientras seguía enfrascada en su extraño juego. Me contó una larga historia, de cómo había visto a Arkadin en una tasca del Sacromonte, haciendo juegos de manos. Se puso a recoger las cartas con sus manos huesudas, barajó y me las ofreció como un abanico.
“–Toma una –lo hice–. Ya sé cuál es, ni me la enseñes. –Se levantó pesadamente y se dirigió a una alacena–. Te la puedes quedar, el as de oros, Arkadin el pillín. –Sonrió. Sacó una baraja nueva de un cajón y me dedicó el mismo gesto que le había dedicado al guardia.
–¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo? –me preguntó
–¿No es usted Mr. Arkadin? ¿No he investigado todo eso porque su nieto me lo encargó para contarle su historia?
–¡Patrañas! –se revolvió–. ¡Y tráeme también jamón a mí! ¡Del bueno!

Salí de la residencia del hospital. Abajo me esperaba el desconocido conocido, lo reconocí de espaldas fumando a la puerta. Se giró hacia mí, soltó una gran voluta de humo y me enseñó el as de oros salido de su bolsillo.
–¿Es esta tu carta?

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