sábado, 23 de abril de 2016

El Crepúsculo de los Dioses

Ó la piscina en el Paseo del Ocaso

[Güarning!! Espoileros a tutiplén]

Nunca quise tener una piscina. Ni un blog supuestamente de cine. Pero la vida tiene un extraño sentido del humor.

Empecemos desde el principio. Yo sólo quería ver una peli, algo que me hiciese olvidar el Mundo Real™, y acabé clavando mis ojos en esta historia negra, en blanco y negro, con fantasmas que parecen volver a la vida y un abrigo de vicuña, que para algo paga la señora.

Me extrañó ver a William Holden en uno de los papeles de su vida, una previa ideal para Fedora –hablaremos de ella otro día, quizás– como un pobre escritor de guiones con más voluntad que éxito –dedicado a todos mis compañeros de NO trabajo, los parados–, algo de cara y bastantes recursos. Algo tan fortuito como un pinchazo mientras huye de la financiera de su coche –No firmes más letras…– le lleva a una de esas casas de estrella de los años… La casa está prácticamente abandonada. Un templo abandonado con su diosa Norma Desmond –Gloria Swanson– y su debido sumo y único sacerdote Max –Erich Von Stroheim. Y vacío. Y ningún pomo –Hay que tener mucho cuidado con Norma, lo dijo el doctor…

Y con la excusa de meter mano en un guion, el escritorzuelo se va metiendo cada vez más dentro de esa peligrosa marisma –como el espectador se va metiendo dentro de la historia– convirtiéndose en el mantenido de la gran Desmond.

Oh, ver a Gloria Swanson hablar e interpretar es magnífico. Sólo una ceja suya o una crispación de su mano cuenta miles de páginas de guíon. Y sus amigos –las estatuas de cera que dice el guionista–, entre ellos Buster –patacada– Keaton. Brillaron en la oscuridad de miles de salas, con vatios de luz –o candelas en su unidad del Sistema Internacional– y no se sabe cómo desaparecieron. Y, ahora, como si padecieran de la contaminación lumínica –o sonora– han caído en la indolencia del olvido.
Pero no, la Desmond es mucha. Cecil B. DeMille –cuya B es postiza– ha llamado. [En realidad quería el coche importado para una película –un Isetta-Fraschini sobre Rolls, inconfundible– y a punto está de… Olviden el coche, busquen otro…]

Y, claro, aparece la tercera –o cuarta en discordia si contamos a Max en esta historia de celuloide–, una joven lectora de guiones del estudio. Y al escritorzuelo, como a cualquier mortal, le sabe mejor la ternera que la vaca. Y a la Desmond empieza a picarle la cabeza –ignoro cómo, entretenida como está en tratamientos para re-bellecerse.

Acaba, como saben, con el escritorzuelo recibiendo su paga, en plomo, y hundido en la piscina de sus sueños. ¿Y la Desmond? Ya tiene a sus cámaras –del noticiero– y al director de su alma, Max, para inmortalizar la última película, el paseo hacia el ocaso.


Yo no he conseguido todavía mi piscina. Por no tener no tengo ni gabardina ni blanco y negro.

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