Ó la piscina en el Paseo del Ocaso
[Güarning!! Espoileros a tutiplén]
Nunca quise tener una
piscina. Ni un blog supuestamente de cine. Pero la vida tiene un extraño
sentido del humor.
Empecemos desde el
principio. Yo sólo quería ver una peli, algo que me hiciese olvidar el Mundo
Real™, y acabé clavando mis ojos en esta historia negra, en blanco y negro, con
fantasmas que parecen volver a la vida y un abrigo de vicuña, que para algo
paga la señora.
Me extrañó ver a William
Holden en uno de los papeles de su vida, una previa ideal para Fedora –hablaremos de ella otro día,
quizás– como un pobre escritor de guiones con más voluntad que éxito –dedicado
a todos mis compañeros de NO trabajo, los parados–, algo de cara y bastantes
recursos. Algo tan fortuito como un pinchazo mientras huye de la financiera de
su coche –No firmes más letras…– le
lleva a una de esas casas de estrella de los años… La casa está prácticamente abandonada.
Un templo abandonado con su diosa Norma Desmond –Gloria Swanson– y su debido
sumo y único sacerdote Max –Erich Von Stroheim. Y vacío. Y ningún pomo –Hay que
tener mucho cuidado con Norma, lo dijo el doctor…
Y con la excusa de meter
mano en un guion, el escritorzuelo se va metiendo cada vez más dentro de esa
peligrosa marisma –como el espectador se va metiendo dentro de la historia–
convirtiéndose en el mantenido de la gran Desmond.
Oh, ver a Gloria Swanson
hablar e interpretar es magnífico. Sólo una ceja suya o una crispación de su
mano cuenta miles de páginas de guíon. Y sus amigos –las estatuas de cera que
dice el guionista–, entre ellos Buster –patacada–
Keaton. Brillaron en la oscuridad de miles de salas, con vatios de luz –o
candelas en su unidad del Sistema Internacional– y no se sabe cómo
desaparecieron. Y, ahora, como si padecieran de la contaminación lumínica –o
sonora– han caído en la indolencia del olvido.
Pero no, la Desmond es
mucha. Cecil B. DeMille –cuya B es postiza– ha llamado. [En realidad quería el
coche importado para una película –un Isetta-Fraschini sobre Rolls,
inconfundible– y a punto está de… Olviden
el coche, busquen otro…]
Y, claro, aparece la
tercera –o cuarta en discordia si contamos a Max en esta historia de celuloide–,
una joven lectora de guiones del estudio. Y al escritorzuelo, como a cualquier
mortal, le sabe mejor la ternera que la vaca. Y a la Desmond empieza a picarle
la cabeza –ignoro cómo, entretenida como está en tratamientos para
re-bellecerse.
Acaba, como saben, con el
escritorzuelo recibiendo su paga, en plomo, y hundido en la piscina de sus
sueños. ¿Y la Desmond? Ya tiene a sus cámaras –del noticiero– y al director de
su alma, Max, para inmortalizar la última película, el paseo hacia el ocaso.
Yo no he conseguido
todavía mi piscina. Por no tener no tengo ni gabardina ni blanco y negro.
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