Ó una película en la que Sean Bean no puede morir
[Güarning!! Espoileros a tutiplén]
Vamos a ver, no se puede
esperar gran cosa de una película tipo saga
teen. Sumerjámonos en esta película, con permiso de Poseidón.
El MacGuffin es el
Trueno, que ha desaparecido, según Zeus (Sean Bean que no morirá) le dice a su
hermano Poseidón. Ya sabemos –o deberíamos saber– cómo se las gasta el soberano
–que no padre– de los dioses olímpicos: Está empreñado. Si no aparece habrá guerra.
Y, además, hay un sospechoso, el hijo de Poseidón –sí, los dioses siguen
bajando a treginar con mortales.
Percy es un chico
aparentemente normal, ni popular, ni inteligente ni nada. Tiene déficit de
atención, dislexia y un flequillo raro. Y, para más INRI –perdón, cruce de
teogonías– es amigo de un chico negro y cojo –¿Aún se puede decir cojo? Ah,
vale– y su madre está casada con un tío bastante cabrón y, según dicen,
apestoso –¿No están contentos que el cine además de sonoro y en color no se
hiciera oloroso?
Los acontecimientos se
precipitan. Una visita al museo de Nueva York –sí, ocurre en Estados Unidos–
acaba casi en tragedia cuando una de las profesoras de Percy resulta ser una
furia –por si alguien tenía queja de sus profesores. Además, resulta que el
amigo cojo es el defensor de Percy y el director de su escuela –una especie de Professor Xavier interpretado por Pierce
Brosnan– sabe más de lo que sus piernas dicen. Tienen que huir, llevar a Percy
a una especie de campamento de vacaciones, no sin antes ser atacados por el
Minotauro. Y el monstruo semi-bovino parece que ha matado a la madre de Percy
–puede soportar que un dios olímpico le pegue el chorrazo de su vida pero no
que la estruje una ternera hormonada. Y nuestro héroe –con su amigo que resulta
no ser cojo, sino sátiro. ¿Cómo? Sí, sigue siendo negro por mucho que lo
políticamente correcto… disculpas, continuo:
Nuestro héroe, con su
sátiro guardaespaldas, está a salvo –más o menos– en un… ¡Sí! Un puto
campamento de colonias, especial, para semidioses, pero un campamento. Todo muy
americano. El campamento está hasta los topes –todos hijos e hijas de dioses
olímpicos, luego semi-primos entre ellos– y pronto Percy se fijará en una chica
–Annabeth– que se entrena a la espada –y da estopa– que es… ¡Hija de Atenea!
–por lo tanto semi-prima suya y con los padres reñidos por culpa de los
atenienses. Ah, sí, también resulta que el director de su escuela no es
paralítico, sólo centauro. Descubriremos que Percy tiene algunas habilidades
heredadas de su padre, como controlar el agua.
El tiempo corre y Percy
decide salir a buscar a su madre –que no está muerta, está en el Hades– y su
amigo sátiro se le engancha. También Atenita se les une, como asesora de
estrategia militar –esa es su habilidad especial. Y necesitarán ayuda, tres
perlas que les permitirán escapar del Hades. Cosa curiosa, las tres que
necesitan están en Estados Unidos. Y la película se convierte en una especie de
mezcla de lo más popular de la mitología greco-romana.
Un párrafo para el primer
trabajo y –visto como si fuese un videojuego, su jefe. Me refiero a la primera perla que buscan, que la tiene una femme fatale que regenta un centro de
jardinería. Me refiero a la gran Umma Thurman, ataviada con un tapacalvas a lo
Gloria Swannson y unas inmensas gafas negras, en una moderna Medusa. Umma se
come la escena. Es una patochada, cierto, pero ¿qué otros ojos vivos en el
mundo podrían ser los de Medusa? ¿Cómo no sentir como uno se vuelve piedra
cuando se quita las gafas? Como ya hizo Perseo –¿Percy? No viene de Percyval,
viene de otra cosa– Percy se sirve de un reflejo para cortarle la cabeza. Y se
llevan la perla. Y la cabeza de la Gorgona. Tiene gracia el chiste que supongo
que poca gente entendió. Dice Medusa a Percy: “Yo salí con tu padre”. Así es, y según la teogonía tuvieron un
hijo: Pegaso –no quieran entender cómo el dios del mar y una mujer con
serpientes en el cabello tuvieron un caballo alado como hijo.
La segunda tarea es
recuperar la segunda perla, que está en una recreación del Partenón –Atenica,
hija, ahí tienes a tu mamá– en Knoxville. Se enfrentarán a la Hidra, como si
Percy fuese ahora Hércules. Es el segundo cruce de historias ya, con el
minotauro que ya conocimos. La tercera –y última–
perla estadounidense está en Las Vegas. En un casino. El sátiro ya se ve en su
mundo –sí, los sátiros son unos sátiros, si sabe lo que le quiero decir. Los
tres jóvenes entran y pronto les ofrecen un aperitivo, una flor de loto. Les da
como un viaje y olvidan su objetivo. Se enfrentan con los lotófagos, como ya
hizo Odiseo –otro cruce. Y a vivir la vida loca. Pero algo rechina. Le rechina
a Percy. Dejan de comer los lotos que los mantienen en la inopia. Entonces
todos los gorilas del casino los persiguen. Consiguen huir en un deportivo
Maserati –cómo no, con un tridente por logo. Y con la perla, que es una de las
bolas de la ruleta –33, negro, impar, pasa: como el sátiro hace un rato.
Ahora deben entrar en el
infierno, que sólo puede estar en esa ciudad dorada hecha de sueños y
frustraciones, en Hollywood. Y tienen que pagar al barquero, con un puñado de
dracmas que también robaron a Medusa –pobre mujer. En el infierno –perdón, el
inframundo– se encuentran con los cerberos y la pobre “esposa” de Hades,
Perséfone, que se aburre como ya se aburrió Eurídice. Hades, bueno, por su
parte es un tipo normal –o parece hasta que se vuelve una fiera de fuego que
los va a lanzar a la condenación eterna. En un lance de la lucha el Trueno
aparece. Resulta que estaba escondido en un escudo plegable que les prestó el
hijo de Hermes –el pequeño tuperware– que es quien lo había robado realmente.
Sólo falta ir al Olimpo,
que también tiene acceso desde America, concretamente desde la terraza del
Empire State. Llegan por los pelos para devolver el trueno a Zeus, todo vuelve
a su cauce y nuestros héroes –Atenita, Percy y el sátiro, que estaba
entreteniendo a Perséfone en el Hades– retornan al campamento semidivino. Y
preparados para la siguiente aventura.
Conclusión: Hay cosas
peores para acompañar las palomitas. Zeus bendiga a Cinteótl y viceversa.
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