miércoles, 20 de abril de 2016

Percy Jackson y el ladrón del Trueno

Ó una película en la que Sean Bean no puede morir

[Güarning!! Espoileros a tutiplén]

Vamos a ver, no se puede esperar gran cosa de una película tipo saga teen. Sumerjámonos en esta película, con permiso de Poseidón.

El MacGuffin es el Trueno, que ha desaparecido, según Zeus (Sean Bean que no morirá) le dice a su hermano Poseidón. Ya sabemos –o deberíamos saber– cómo se las gasta el soberano –que no padre– de los dioses olímpicos: Está empreñado. Si no aparece habrá guerra. Y, además, hay un sospechoso, el hijo de Poseidón –sí, los dioses siguen bajando a treginar con mortales.

Percy es un chico aparentemente normal, ni popular, ni inteligente ni nada. Tiene déficit de atención, dislexia y un flequillo raro. Y, para más INRI –perdón, cruce de teogonías– es amigo de un chico negro y cojo –¿Aún se puede decir cojo? Ah, vale– y su madre está casada con un tío bastante cabrón y, según dicen, apestoso –¿No están contentos que el cine además de sonoro y en color no se hiciera oloroso?

Los acontecimientos se precipitan. Una visita al museo de Nueva York –sí, ocurre en Estados Unidos– acaba casi en tragedia cuando una de las profesoras de Percy resulta ser una furia –por si alguien tenía queja de sus profesores. Además, resulta que el amigo cojo es el defensor de Percy y el director de su escuela –una especie de Professor Xavier interpretado por Pierce Brosnan– sabe más de lo que sus piernas dicen. Tienen que huir, llevar a Percy a una especie de campamento de vacaciones, no sin antes ser atacados por el Minotauro. Y el monstruo semi-bovino parece que ha matado a la madre de Percy –puede soportar que un dios olímpico le pegue el chorrazo de su vida pero no que la estruje una ternera hormonada. Y nuestro héroe –con su amigo que resulta no ser cojo, sino sátiro. ¿Cómo? Sí, sigue siendo negro por mucho que lo políticamente correcto… disculpas, continuo:

Nuestro héroe, con su sátiro guardaespaldas, está a salvo –más o menos– en un… ¡Sí! Un puto campamento de colonias, especial, para semidioses, pero un campamento. Todo muy americano. El campamento está hasta los topes –todos hijos e hijas de dioses olímpicos, luego semi-primos entre ellos– y pronto Percy se fijará en una chica –Annabeth– que se entrena a la espada –y da estopa– que es… ¡Hija de Atenea! –por lo tanto semi-prima suya y con los padres reñidos por culpa de los atenienses. Ah, sí, también resulta que el director de su escuela no es paralítico, sólo centauro. Descubriremos que Percy tiene algunas habilidades heredadas de su padre, como controlar el agua.
El tiempo corre y Percy decide salir a buscar a su madre –que no está muerta, está en el Hades– y su amigo sátiro se le engancha. También Atenita se les une, como asesora de estrategia militar –esa es su habilidad especial. Y necesitarán ayuda, tres perlas que les permitirán escapar del Hades. Cosa curiosa, las tres que necesitan están en Estados Unidos. Y la película se convierte en una especie de mezcla de lo más popular de la mitología greco-romana.

Un párrafo para el primer trabajo y –visto como si fuese un videojuego, su jefe. Me refiero a la primera perla que buscan, que la tiene una femme fatale que regenta un centro de jardinería. Me refiero a la gran Umma Thurman, ataviada con un tapacalvas a lo Gloria Swannson y unas inmensas gafas negras, en una moderna Medusa. Umma se come la escena. Es una patochada, cierto, pero ¿qué otros ojos vivos en el mundo podrían ser los de Medusa? ¿Cómo no sentir como uno se vuelve piedra cuando se quita las gafas? Como ya hizo Perseo –¿Percy? No viene de Percyval, viene de otra cosa– Percy se sirve de un reflejo para cortarle la cabeza. Y se llevan la perla. Y la cabeza de la Gorgona. Tiene gracia el chiste que supongo que poca gente entendió. Dice Medusa a Percy: “Yo salí con tu padre”. Así es, y según la teogonía tuvieron un hijo: Pegaso –no quieran entender cómo el dios del mar y una mujer con serpientes en el cabello tuvieron un caballo alado como hijo.

La segunda tarea es recuperar la segunda perla, que está en una recreación del Partenón –Atenica, hija, ahí tienes a tu mamá– en Knoxville. Se enfrentarán a la Hidra, como si Percy fuese ahora Hércules. Es el segundo cruce de historias ya, con el minotauro que ya conocimos. La tercera –y última– perla estadounidense está en Las Vegas. En un casino. El sátiro ya se ve en su mundo –sí, los sátiros son unos sátiros, si sabe lo que le quiero decir. Los tres jóvenes entran y pronto les ofrecen un aperitivo, una flor de loto. Les da como un viaje y olvidan su objetivo. Se enfrentan con los lotófagos, como ya hizo Odiseo –otro cruce. Y a vivir la vida loca. Pero algo rechina. Le rechina a Percy. Dejan de comer los lotos que los mantienen en la inopia. Entonces todos los gorilas del casino los persiguen. Consiguen huir en un deportivo Maserati –cómo no, con un tridente por logo. Y con la perla, que es una de las bolas de la ruleta –33, negro, impar, pasa: como el sátiro hace un rato.

Ahora deben entrar en el infierno, que sólo puede estar en esa ciudad dorada hecha de sueños y frustraciones, en Hollywood. Y tienen que pagar al barquero, con un puñado de dracmas que también robaron a Medusa –pobre mujer. En el infierno –perdón, el inframundo– se encuentran con los cerberos y la pobre “esposa” de Hades, Perséfone, que se aburre como ya se aburrió Eurídice. Hades, bueno, por su parte es un tipo normal –o parece hasta que se vuelve una fiera de fuego que los va a lanzar a la condenación eterna. En un lance de la lucha el Trueno aparece. Resulta que estaba escondido en un escudo plegable que les prestó el hijo de Hermes –el pequeño tuperware– que es quien lo había robado realmente.

Sólo falta ir al Olimpo, que también tiene acceso desde America, concretamente desde la terraza del Empire State. Llegan por los pelos para devolver el trueno a Zeus, todo vuelve a su cauce y nuestros héroes –Atenita, Percy y el sátiro, que estaba entreteniendo a Perséfone en el Hades– retornan al campamento semidivino. Y preparados para la siguiente aventura.


Conclusión: Hay cosas peores para acompañar las palomitas. Zeus bendiga a Cinteótl y viceversa.

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